Detesto las mentiras, detesto las reglas.
Amo encontrarme en el gusto de la cocina. Entre estanterías
de madera observo variedades de botellas y etiquetas que casi, no me dicen
nada, bueno, si… una logra llamar mi atención. “¿te puedo ayudar en algo?” dice
una voz masculina que no dice mucho hasta que me animo a observarlo a los ojos,
y lo dijo todo. Pero esta vez estoy segura de lo que vengo a buscar, un vino
rosado, encontrarme con algo diferente de lo que vine probando hasta ahora, y me
decidí por esa botella de gaviotas en su diseño, “quiero esta, nunca la probé”
y asentó mi decisión, la lleve.
En la época en la que algunos vinos ya no se descorchan, las
cosas son más fáciles, un sistema de tapa a rosca y el vino ya estaba en el
fuego, tomando temperatura junto al agregado de azúcar y los arándanos seleccionados con el cuidado con el que pocas cosas selecciono en esta vida, los observaba en su recipiente con el mismo detenimiento que observo mi caja de grafitos antes de elegir cuál quiero usar. Me dirás que son todos iguales, te diré que no.
Ayer decidí experimentar con esto, una botella quedo a medio
terminar y paso todas las vacaciones en la heladera, pensé en hacer la
reducción con ella, pero ¿prepararías una reducción con un vino que no
tomarías? Igual pensé en ella, en la reducción, pensé en violetas, arándanos,
como siempre, amigos de las fresas, las fresas de Constanza. Una reducción
sobre un carré de cerdo, una reducción sobre unas bochas de helado, una
reducción directamente de mis dedos a mi boca, reducción que queda en mis
labios cual labial que da brillo, sabor y perfume.
No encontré receta de reducción de vin rosé et bleuets. Todo
indica que, siempre, todo, todo lo que quiero… no existe, hay que crearlo,
inventarlo, animarse, dar, jugar.
Paciencia mujer, que la química lleva su tiempo, es mejor
que el vino no hierva, que todo sea lento, que la consistencia cambie a su
tiempo; paciencia y veras como las cosas se espesan y toman color; paciencia, y
podrás saborear, eternamente, el dulzor de aquello que has cocinado con amor, a
fuego lento.
Mientras el fuego reduce esta poción de amor, en la
heladera, el resto de vino entrega su calor, se enfría, tiembla, empaña las
paredes del vidrio translúcido de esa botella que lo aprisiona. Mujer, termina
ya de cocinar y libera el elixir de este vino que quiere embriagarte, jugar con
tus labios, erizar tu piel, saborear tu alma y borrarlo a él.
El vino que elegí presenta notas de arándanos; los
arándanos, frescos y de estación, más deliciosos de nunca, me niegan su sabor
apenas los coloco en mi boca, debo morderlos o deshacerlos en el calor de mi
lengua, me recuerdan porque son tan afrodisíacos, al fondo, en la garganta, su
sequedad, tan pequeños y únicos, ellos, los violetas, los arándanos.
Los pequeños violetas se redujeron a tal punto que de
algunos de ellos solo encuentro la piel, y cuando detecto restos de su pulpa
concentra en si tantos sabores que olvido donde estoy, es magia, es dulzura
pura, una leve nota de acides, es increíble, desaparece absolutamente todo, los
ingredientes se han fusionado a la perfección, podrás detectar rastros de cada
uno de ellos, pero no en su individualidad porque siempre está el otro
recordándote que también es parte de este elixir de pasión irrefrenable.
Vamos mujer! Sal a la calle, con esa actitud que atrae
miradas, consigue los ingredientes y cocina para ti, te lo mereces. Disfruta.
Ama, que amando nunca se pierde.

No hay comentarios:
Publicar un comentario